Ojo por ojo, rostro por rostro

La única justicia que contentaría a Ameneh Bahrami, una iraní víctima de un ataque con ácido, es que su agresor quede ciego y con el rostro desfigurado, como ella. En 2004, Bahrami era una joven atractiva de 24 años, que acababa de terminar estudios de ingeniería en la universidad y que había comenzado a trabajar un un laboratorio de Teherán, la capital de Irán.
“Muchos chicos solían venir a mi casa, incluso profesores de universidad, para pedir mi mano”, rememora Bahrami en una reciente entrevista con la BBC.
“Yo era muy guapa”.
Un día la madre de un chico que no conocía, Majeed Movahidi, llamó a sus padres pidiendola en matrimonio para su hijo.
Cuando ella se negó, Movahidi, que tenía entonces 19 años, la siguió hasta la universidad en la que ambos estudiaban y tuvieron una riña acalorada.
Pero tampoco sirvió para frenar los propósitos de su pretendiente. Las llamadas de la madre de Movahidi continuaron en los días siguientes.
“Decía que su hijo era un hombre bueno y que si él me quería, me tendría”, recuerda Bahrami.
En la primera conversación que Bahrami tuvo con él, le amenazó de muerte, dice ella, y tras varias llamadas, las amenazas se volvieron aún más siniestras.
“Me dijo que iba destrozar mi vida y hacerme algo para que nadie se casara conmigo”.
La policía le dijo que, como Movahidi no le había agredido físicamente todavía, ellos no podían hacer nada para protegerla.
Dos días más tarde, al salir por la tarde del trabajo, notó que alguien la estaba siguiendo.
Mientras caminaba por un callejón estrecho aminoró el paso para dejar pasar al acechador y vio que se trataba de Movahidi.
“Se quedó mirándome con una sonrisa y comenzó a reír. En su cara noté una felicidad extraña”.
Entonces notó que algo le golpeó en la cara y lo primero que pensó es que era agua hirviendo.
“Pero noté un escozor corrosivo y supe que en realidad era ácido”.
Cuando llegó al hospital ya había perdido la vista en su ojo izquierdo.
“Tenía miedo de tocar mi cara porque sabía que ya no tenía nariz ni labios. Cuando me llevé la mano a mi ojo izquierdo no sentí nada”.
“Mi madre no me dejaba mirar al espejo. Después de una semana, perdí la vista en mi otro ojo”, dice.
Con la ayuda del entonces presidente Mohamad Jatamí, viajó a Barcelona en busca de un tratamiento que le permitiera recuperar la vista en su ojo derecho.
Pero después de las elecciones de 2005, ganadas por Mahmud Ahmadineyad, perdió el apoyo. Se quedó en el extranjero, sola y sin dinero.
Ingresó en un centro de mujeres sin techo donde se le infectó el otro ojo.
“Me estaba secando el ojo con un pañuelo y cuando fui a tirarlo a la papelera, me di cuenta de que pesaba demasiado”.
La pérdida de su otro ojo hizo que se replanteara su actitud ante su agresor.
Horca
Mientras luchaba por recuperar la vista, Bahrami apenas había pensado en él. Pero a partir de entonces, decidió que no descansaría hasta que fuera castigado.
Volvió a Irán en 2007 con la ayuda de su antiguo jefe y fue a un tribunal para pedir venganza.
Le pidió a los jueces que infligieran a Movahidi el mismo daño que sufrió ella. “Me dijeron que no podían hacerlo, y que iba a tener más posibilidades de éxito si solicitaba la horca”.
La justicia retributiva es legal en Irán como parte de un código de qisas (retribución) contenido en la sharia, la ley islámica, pero raras veces se recurre a ella.
Bahrami consiguió en 2008 que el tribunal sentenciara a Mohavidi a ser cegado con ácido. También fue recluido en prisión y condenado a indemnizar a la víctima.
Al principio las autoridades iraníes dudaron sobre si debían dejar ciego al agresor, pero después de años de retraso, la ejecución del castigo fue programada para el 14 de mayo.
Ese día, Bahrami fue al penal donde estaba ingresado Movahidi, pero la pena fue pospuesta una vez más porque las autoridades carcelarias no encontraron a ningún doctor dispuesto a llevarla a cabo.
“Inhumano y cruel”
Las organizaciones de derechos humanos están tratando de que la medida retributiva sea revocada.
“Es increíble que las autoridades de Irán se plantearan aplicar un castigo así”, exclama Hassiba Hadj Sahraoui, vicedirector de Amnistía Internacional en el Medio Oriente y el Norte de África.
“Por muy horrible que sea el crimen que sufrió Ameneh Bahrami, ser cegado con ácido es un castigo inhumano y cruel que equivale a la tortura”.
Movahidi sigue en prisión de forma indefinida, a la espera de la imposición de la pena.
Con una nueva ayuda de una ONG de EE.UU., unos cirujanos de Barcelona van a intentar reconstruir el rostro de Ameneh Bahrami. Ella sigue dispuesta a castigar a su agresor.
“Si le perdono no obtengo nada a cambio”, explica.
“Si consigo que él pierda la vista tampoco gano nada. Pero quiero que personas como Majeed sepan que pueden ser castigados”.

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